Mis manos actúan mal, que no con maldad.
Erran. Erran porque desconocen.
Pero nadie nunca las corrige.
Nadie tiene el tiempo.
No para ellas.
No para mí.
Mis manos son ancianas prematuras,
azotadas por el tiempo y las malas decisiones.
Mis manos se duelen el frío invierno,
pero ya no tengo aliento que ofrecerles.
No, para ellas no.
Ni para ellas ni para mí.
Mis manos tan sólo querían, tan sólo pedían
que otras manos las estremeciesen
y dulcemente enseñasen
a amar.
Pero no las hay,
no hay nadie.





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Sensatez, a ser posible, cielo.